jueves, 8 de diciembre de 2011

EL CAUDILLISMO COMO PROBLEMA HISTÓRICO EN VENEZUELA

EL CAUDILLISMO COMO PROBLEMA HISTÓRICO EN VENEZUELA

Manuel Rojas Pérez

…lo propio de los caudillos es no tener reparos de conciencia sobre la
legalidad y afirmar que solo responden ante Dios y ante la historia…”
Eduardo García de Enterría


La teoría del caudillismo, o del gendarme necesario, pareciera estar más vigente que nunca. Decía Vallenilla Lanz en su “Cesarismo Democrático” que “Una sociedad política, cuando llega al extremo de que sus hombres sólo ejercitan los medios de la violencia, reconoce su incapacidad para gobernarse por la sola virtud de las leyes y no encontrará reposo sino al abrigo del despotismo, y no respetará otros gobiernos que aquellos que la hieran, y no tendrá más derechos que aquellos que le conceda la voluntad del sable que la domine” .

Latinoamérica pareciera estar hoy sucumbida por el mandato de hombres y no de ideas. Particularmente Venezuela se encuentra regida por un modelo que encuentra su forma bajo la figura de una persona, y no de un proyecto predefinido. Notar que Venezuela no se rige realmente por tesis políticas estudiadas, analizadas científicamente, sino que nos debemos al llamado socialismo del siglo XXI, que según el propio presidente de la República, es el chavismo.

Luego, nuestra tendencia es a seguir a una persona, a un nombre, y no a un modelo político ideal. A esta tendencia, comúnmente se le ha denominado como caudillismo.

Hoy, pretendemos demostrar como el caudillismo en Venezuela se ha convertido en un problema de corte histórico, una delegación de pensamiento de nuestros próceres y líderes históricos, que ha socavado las bases del Estado de Derecho venezolano, al punto de mal formar y degenerar al sistema de gobierno que la Constitución establece, como lo es el presidencialismo.

I. EL CAUDILLISMO

El caudillismo es un fenómeno político que se basa en seguir a una persona y no a ideales. Básicamente se fundamenta en mantener la idea de que una persona determinada, y no las instituciones, es quien puede resolver los problemas de una sociedad, por lo que se le sigue a él, sin tener muy en cuenta los ideales sociales, económicos o políticos que éste pueda concebir.

La idea del líder, del mesías político, ha rondado la idea de los hombres desde hace muchos años. La teoría global señala que el caudillismo es un fenómeno propio del siglo XIX en Latinoamérica. Sin embargo, muchos siglos atrás, Nicolás Maquiavelo dibujó la figura del caudillo mediante su obra “El Príncipe”. Incluso, podríamos hablar de la teoría del cesarismo como verdadera génesis del caudillo. El cesarismo, tomado del Cesar, o emperador de la antigua Roma, es un concepto utilizado por algunos autores para definir un sistema de gobierno centrado en la autoridad suprema de un jefe militar, y en la fe en su capacidad personal, a la que atribuyen rasgos heroicos.

Antonio GRAMSCI al hablar del cesarismo, señalaba que esta figura “...expresa siempre la solución ‘arbitraria’, confiada a una gran personalidad, de una situación histórico-política caracterizada por un equilibrio de fuerzas de perspectiva catastrófica” . (“Si può dire che il cesarismo esprime una situazione in cui le forze in lotta si equilibrano in modo catastrofico, cioè si equilibrano in modo che la continuazione della lotta non può concludersi che con la distruzione reciproca. Quando la forza progressiva A lotta con la forza regressiva B, può avvenire non solo che A vinca B o B vinca A, può avvenire anche che non vinca né A né B, ma si svenino reciprocamente e una terza forza C intervenga dall’esterno assoggettando ciò che resta di A e di B. Nell’Italia dopo la morte del Magnifico è appunto successo questo, com’era successo nel mondo antico con le invasioni barbariche. Ma il cesarismo, se esprime sempre la soluzione ‘arbitrale’, affidata a una grande personalità, di una situazione storico-politica caratterizzata da un equilibrio di forze a prospettiva catastrofica, non ha sempre lo stesso significato storico”. Antonio GRAMSCI. “Cuaderni di Carcele”. Einaudi. Torino, 1975. Pág. 1619.)

Este líder, surgido en momentos de inflexión política, se presenta como la alternativa para regenerar la sociedad o conjurar hipotéticos peligros internos y externos. Por esto este tipo de gobierno suele presentar elementos radicales de culto a la personalidad.

Y es que el caudillismo, se basa principalmente en el culto a la personalidad. En el seguimiento casi ciego a una persona.

Volviendo a Maquiavelo, y a su oda al cesarismo, este insistía que el príncipe debía ser el líder a quien los ciudadanos de la época siguieran, por cuanto este era el único que podía llevar a buen puerto la seguridad de la Nación. Solo esa persona era la encargada de la administración del Estado, lo cual lo hacía según su conveniencia.

Maquiavelo insistía en que los príncipes debían ser amados y odiados al mismo tiempo, para infringir en los ciudadanos una doble condición de querencia fraterna hacia el príncipe, pero a la vez de miedo, para que estos nunca desaprobaran sus dictamenes. Pero como estas relaciones raramente existen al mismo tiempo, aclara que es preferible ser temido que amado. Fundamenta su pensamiento en que en el momento de una revolución, el pueblo puede que se olvide del amor, pero el temor siempre lo perseguirá. En consecuencia, si un soberano es temido hay menos posibilidades de que sea destronado.

De aquí podemos sacar una primera conclusión: aquel sujeto que detenta tanto poder como el príncipe, o el caudillo, se enamora del mismo, y hace lo inevitable por mantenerlo de manera eterna. Aquello de que el poder corrompe, aquí se comprueba.

Para el príncipe será mejor ser autoritario, ya que cuando se es clemente o liberal le da libertad tanto a las personas como a los hechos, en cambio cuando se es autoritario, evita los hechos que afectan a todo la población, y sólo ejecuta a unas personas, para mantener el orden y el autoritarismo. Además, estas ejecuciones sólo afectan a unos pocos individuos.

Para ello, el príncipe debe convertirse en el Estado. La voluntad de éste era la voluntad del Estado. En fin, las instituciones se concentran en una sola y única persona.

El príncipe o el gobernante total, tiene como misión la felicidad de sus súbditos y ésta sólo se puede conseguir con un Estado fuerte. Para conseguirlo tendrá que recurrir a la astucia, al engaño y, si es necesario, a la crueldad. La virtud fundamental es la prudencia, para la conveniencia del Estado. Si el interés de la patria exige traición o perjurio, se comete. “La grandeza de los crímenes borrará la vergüenza de haberlos cometido”. Los medios no importan: no es necesaria la moral, sino un realismo práctico, no lo que debe ser, sino lo que es en realidad. Política y moral son dos ámbitos distintos e incluso contradictorios. Maquiavelo quiere presentar en su obra el arquetipo de cualquier político. Su personalidad debe poseer condiciones especiales para llegar al poder y mantenerse en él:

1. Capacidad de manipular situaciones, ayudándose de cuantos medios precise mientras consiga sus fines: lo que vale es el resultado. “El que consigue el poder es el Príncipe, el que consigue el orden y la paz son los súbditos”;
2. El gobernante debe poseer seria destreza, intuición y tesón, así como habilidad para sortear obstáculos, y “moverse según soplan los vientos”;
3. Diestro en el engaño: No debe tener virtudes, solo aparentarlas.
4. Amoral, indiferencia entre el bien y el mal, debe estar por encima.

Notar que la tesis del príncipe de Maquiavelo deriva en la misma del caudillismo, es decir, en la concreción de todo el poder político de una organización social en una persona, para su fin personal, ilimitado e indefinido.

Ese maquiavelismo trasladado a España y Latinoamérica tomó forma bajo el nombre del “caudillo” durante el siglo XIX. Caudillo deriva del latín: capitellium, cabeza. Es decir, la cabeza del Estado, de la Nación, de los ciudadanos.

En cada país aparecieron líderes carismáticos cuya forma de acceder al poder y llegar al gobierno estaba basada en mecanismos informales y difusos de reconocimiento del liderazgo por parte de las multitudes, que depositaban en el caudillo la expresión de los intereses del conjunto y la capacidad para resolver los problemas comunes.

Las causas de la aparición del caudillismo en España y América Latina fueron principalmente la ausencia de consenso político y las teorías de gobierno utópicas por parte de los aristócratas. Para acceder al poder, los caudillos se rebelaban con sus aliados militares, deponían al gobernante actual, disolvían el Congreso y se autoproclamaban presidentes provisionales. Después de un corto plazo, se elegía a un nuevo congreso y se convocaba a elecciones presidenciales. En las elecciones, salía elegido el caudillo que había presidido anteriormente la revolución y deposición del antiguo gobernante.

Ya decíamos que el caudillo, condición derivada del príncipe maquiaveliano, basa su forma de liderazgo en una doble condición amor-odio o miedo. Luego, el caudillo usa su conexión con las masas populares que lo aclaman junto con el temor que infunda por sus actividades despóticas y tiránicas.

El caudillo, que buscaba gloria y poder, intentaba con sus obras ganarse la simpatía de la población y desprestigiar al máximo al anterior gobernante; así, reorganizaba el gobierno a su antojo y consideraba como malo todo lo que el gobernante anterior hubiese hecho.

Hoy en día, muchos gobernantes desprestigian aquello gestado por sus antecesores y lo abandonan, buscando el propio beneficio, o tal vez como una estrategia para su obligada participación en las siguientes elecciones.

En España, por ejemplo, la figura del caudillo es de raigambre. La guerra civil española, iniciada con el alzamiento nacional de 1936, dio origen a una jefatura política representada por el caudillaje de origen circunstancial, que luego se legalizaría como una forma permanente de ejercicio del mando, sancionada por la creencia de su legitimidad.

El jefe de Estado de 1939 a 1975, Francisco Franco Bahamonde, fue conocido en su época de mayor poder como “El Caudillo, por la Gracia de Dios”. Otro personaje que recibió el título que el jefe de Estado portugués, Oliveira Salazar, que fue conocido por el sobrenombre del O Caudilho.

Para los franquistas de la época, “...Lo esencial del franquismo es el carisma, es decir, la ejemplaridad persona, la fuerza y la lealtad que concurrían en el Caudillo, y que convertían, según los expositores, su inicial potestad en poder legítimo, es decir, en auctoritas...”.

En el régimen autoritario español la figura del caudillo constituyó la suprema institución de la jerarquía política, no sólo en el orden de la representación política, sino también en el ejercicio del poder político. Los rasgos que caracterizaban la figura del jefe del Estado eran la exaltación personal del jefe y su identificación con el supuesto destino histórico del pueblo, la plenitud de poder concentrado en sus manos y la ausencia de un control institucional de su ejercicio, sólo era responsable ente Dios y la historia

En el caso de España el caudillaje era un título excepcional de autoridad individualizado, y en este sentido irrepetible que descansaba en un derecho de fundación consagrado por una proclamación y una adhesión también excepcionales. De este modo, al reconocer como no cabe sucesión normal, deben buscarse nuevas formas institucionalizadas, y no restauradas ni reinstauradas de designación o sucesión.

Visto así, el caudillo entonces detenta en primer lugar un poder omnímodo, que representa a todas las facciones del Estado, por medio de una conexión con las masas populares quienes lo siguen de manera casi absoluta, pero a la vez con una condición necesariamente tiránica para poder mantener el poder que le deberían dar las instituciones.

El caudillo puede llegar mediante mecanismos legales al poder, o puede hacerlo por la fuerza. Muchos caudillos lograron acceder a las primeras magistraturas por medio de golpes de Estado u otras formas violentas.

Pero no necesariamente es así. Una persona puede llegar al poder mediante el ejercicio democrático del voto, pero contar con las características propias del caudillo, fundamentalmente, el pasar por encima de las instituciones políticas para mantenerse indefinidamente en el poder, otorgándosele para ello una muy fuerte, por no decir absoluta, cuota de poder, competencia y responsabilidades, que exorbitan las que detentas la otras ramas del Poder Público.

Es decir, el caudillismo siempre termina degenerando en el uso inadecuado del poder público para un beneficio personal por encima del interés colectivo o social.

El caudillo, al obtener tanto poder, por vías legítimas o no, se convierte en el Estado, en la voluntad cuasi divina que deben seguir todos los demás ciudadanos, convirtiéndose en un verdadero peligro para quien no sea si seguidor, ya que lo considera un enemigo para su poder absoluto, y busca la forma de su eliminación, política o incluso física, como sucedió con Trotski en México.

El caudillo entonces, usa todo su poder y todos los medios que tiene a su alrededor para crear miedo, a los fines de atornillarse en el poder. Es decir, echa mano de lo que los abogados llamamos una desviación del poder, es decir, usa el poder que la ley le otorga para beneficiar al bien común, para un beneficio personal.

II. EL CAUDILLISMO EN LA HISTORIA VENEZOLANA

1. EL PARTIDO CONSERVADOR Y EL PARTIDO LIBERAL. LA ASUNCIÓN DEL GENERAL PÁEZ

En el año 1830 sucedieron varios eventos que marcaron el final del período de la independencia: La muerte de Sucre y Bolívar, la separación de Venezuela de la Gran Colombia, la nueva Constitución.

En 1831, José Antonio Páez, héroe de la independencia, asumió la presidencia. Este sería su primer mandato y también el principio de una serie de cambios en el poder, de un caudillo a otro. Este es el inicio del período del caudillismo venezolano.

Habían dos grandes partidos políticos: el partido conservador, al cual pertenecían Páez, José María Vargas y Carlos Soublette y por el otro el partido liberal, el cual fue fundado en 1840 por Antonio Leocadio Guzmán, y que proponía igualdad, democracia, libertad, así como la abolición de la esclavitud y de la pena de muerte.

Posteriormente, entre 1847 y 1858, José Tadeo y José Gregorio Monagas se alejaron de estos partidos y gobernaron apoyados por sus propios partidarios. No había libertad de prensa, ni justicia. Inclusive el congreso perdió su libertad y debía obedecer al presidente. La esclavitud, a pesar de que había sido abolida por Bolívar, seguía existiendo y no fue finalmente suspendida sino hasta el año 1850.

La estructura social existente en esa época generó insatisfacciones que provocaron disputas y contradicciones que dieron lugar a una lucha de clases.

En los grupos urbanos, se destacaban los comerciantes que desempeñaban el papel de importadores y exportadores, conformaban la burguesía mercantil, eran partidarios de un gobierno central. En cambio los terratenientes querían un gobierno federal que les permitiera seguir con el control de sus regiones.

En ese momento el gobierno lo encabezaba Páez, quien queda con el mando de Venezuela después de la disolución de la República de Colombia. Sin embargo, Páez no ejercía una autoridad real en todo el país, era muy débil. En las provincias y regiones seguían mandando líderes regionales. Predominaban más los intereses locales y regionales que los intereses nacionales.

Cada líder regional se identificaba más con una región, antes que con el concepto de nación, el cual parecía impuesto desde la capital por los grupos aristocráticos y la burguesía comercial. Frente a la debilidad del poder nacional crecía el poder de estos líderes regionales, quienes se autodenominaron caudillos y se empeñaban en imponer su autoridad sobre otros e intentaban extender su hegemonía a otras provincias.

En resumen el proceso histórico iniciado en 1830 se caracterizó por la pugna entre los caudillos, los cuales surgieron de la guerra de independencia, la oposición entre ellos ocasionó constantes conflictos locales a veces violentos, que en algunos casos llegaron a consumarse en guerras, como terminó siendo la guerra federal. De este modo, el caudillismo se hizo presente en Venezuela producto del vacío de poder, falta de autoridades nacionales, aislamiento de las regiones y la falta de vialidad.

2. LA GUERRA FEDERAL Y LA FEDERACIÓN. LA TRANCISIÓN AL CAUDILLISMO GUBERNAMENTAL

Entre 1859 y 1863, se desató en Venezuela una guerra civil, denominada guerra federal, fundamentalmente entre los conservadores y por el otro los liberales, llamados también federalistas. Los conservadores, que pertenecían a la oligarquía como parte del mantuanaje, defendían sus derechos de casta y privilegios sociales.

Los federales, liderizados por Ezequiel Zamora, Antonio Leocadio Guzmán, el futuro presidente Antonio Guzmán Blanco y Juan Crisóstomo Falcón, buscaban la elección popular y la caída de la oligarquía.

El país había quedado arruinado por la guerra cuando Falcón llegó al poder en 1863. Se crearon veinte estados y el país se llamó Estados Unidos de Venezuela.

Sin embargo, una nueva rebelión tumbó el gobierno de Falcón, creando lo que se llamó el “gobierno de los azules”. En efecto, los conservadores eran los rojos y los liberales los amarillos. Durante ese período hubo mucha inestabilidad por las peleas entre Domingo y José Ruperto Monagas (hijos de José Gregorio y José Tadeo Monagas), quienes querían tomar el poder. La anarquía siguió.

En abril se produjo lo que se conoce como “La revolución de Abril”, en la que Antonio Guzmán Blanco, hijo de Antonio Leocadio Guzmán, asumió el poder.

3. EL ILUSTRE AMERICANO Y LA LLEGADA FORMAL DEL CAUDILLISMO AL PODER

Desde 1870 y hasta 1887 gobernó en Venezuela el general Antonio Guzmán Blanco. Lo hizo en tres períodos que se denominaron: septenio (siete años: 1870-1877), el quinquenio (cinco años: 1879-1884) y la aclamación o bieno (dos: años 1886-1887).

Se centraliza el poder político y económico para llevar un mejor control y quitarle poder a posibles caudillos regionales (Se redujeron los estados de veinte a nueve).

En efecto, Guzmán Blanco logró terminar con los caudillos regionales para acrecentar su poder pleno y único. Un buen ejemplo de esto, fue el juicio y la condena a muerte de Matías Salazar, segundo vicepresidente. Otros opositores por rebelión fueron apresados en la cárcel.

Después de su primer período –el septenio- en 1877, asumió Francisco Linares Alcántara, quien tomó algunas acciones contrarias a Guzmán Blanco. Se produjeron conflictos entre los “guzmancistas” y los “alcantaristas”, y es lo que se conoce como la revolución reivindicadora. Los Guzmancistas vencieron y llegaron a Caracas. Linares Alcántara murió en 1879, con lo que Guzmán Blanco fue llamado al poder nuevamente.

En esa oportunidad estuvo cinco años en el poder –el quinquenio- al cabo de los cuales subió al poder Joaquín Crespo, fiel seguidor de Guzmán Blanco quien gobernó por el período constitucional, que había sido reducido a dos años, de 1884 a 1886. En 1886, Guzmán Blanco fue aclamado por unanimidad por el Consejo Federal, para gobernar otros dos años.

El gobierno de Guzmán Blanco se caracterizó fundamentalmente por mantener éste la hegemonía del poder. Bien él desde el gobierno, o a través de personajes interpuestos, como lo fue Joaquín Crespo, siempre mantuvo el poder por más de catorce años.

Por supuesto, en catorce años el poder corrompe y se hace presente la idea de la necesidad de perpetuidad en el poder. Durante los catorce años de mandato, Guzmán Blanco se dedicó a mandar a su antojo, eligiendo el mismo a los miembros del Poder Legislativo y Judicial, coordinando acciones para elegirse y reelegirse, para mandar por medio de otros desde París. En fin, su juego fue muy claro: mandar siempre.

4. GÓMEZ. EL GUANTE DE HIERRO

El tachirense Cipriano Castro llegó al poder, saliendo de Colombia al mando de 60 hombres y llegando a Caracas, el 22 de octubre de 1899, luego de librar varios combates, en lo que se conoció como la “Revolución Restauradora”.

Primero fue nombrado presidente provisional, hasta que se modificara la constitución en 1904 y luego fue nombrado presidente para el período 1904-1911. El vicepresidente era Juan Vicente Gómez.

Durante el tiempo que estuvo mandando, Cipriano Castro tuvo que enfrentarse a enemigos internos y externos. En Venezuela, varios de sus opositores, algunos generales latifundistas dirigidos por Manuel Antonio Matos y financiados por banqueros, emprendieron la “Revolución Libertadora”.

Esta fue la última guerra civil en Venezuela, la cual culminó con la victoria del 21 de julio de 1903, de las tropas de Cipriano Castro, bajo el mando de Juan Vicente Gómez en Ciudad Bolívar, contra el general Nicolás Rolando.

Juan Vicente Gómez, nacido el 24 de julio de 1857 en el estado Táchira, era uno del grupo de los que tomó el poder bajo el mando de Castro. Gómez fue nombrado vicepresidente y quedó encargado del ejército. En varias oportunidades también se encargó de la presidencia, cuando Castro se ausentaba del país.

En una de esas oportunidades, cuando Cipriano Castro se encontraba en París, Juan Vicente Gómez tomó el poder, prohibiéndole la entrada al país a su antiguo jefe. Eso fue el 19 de diciembre de 1908. Había consumado el golpe de estado que lo mantendría en el poder veintisiete años, hasta su muerte en diciembre de 1935.

En sus primeros años de gobierno, Juan Vicente Gómez se mostró totalmente respetuoso de la constitución y sus leyes. Promovió la reconciliación nacional, permitió el regreso de los exiliados, liberó a los presos políticos. Esto lo llevó a ser electo presidente de la república para el período constitucional 1910-1914.

Durante ese período fue consolidando un “Ejército Nacional” completamente leales al gobierno. También manejó con mucho cuidado los puestos claves, en los cuales ponía a familiares y amigos, quienes le brindaban fidelidad ciega y obtusa.

Para mantener las apariencias constitucionales, mientras el permanecía en el cargo de General en Jefe de los ejércitos de Venezuela (en la ciudad de Maracay), ocuparon la presidencia sus amigos, José Gil Fortoul, Victorino Márquez Bustillos y Juan Bautista Pérez, en distintos períodos.

Ya asegurado Gómez en el poder, todos sus críticos y enemigos fueron reprimidos brutalmente. Solo los más afortunados lograban el destierro. Son esos prisioneros políticos, con los pies engrillados, quienes trabajaron en las grandes obras públicas del período gomecista: las carreteras Caracas-La Guaira, Caracas-Petare y a los Andes.

Los adversarios que se manifestaron nos fueron muchos, debido a la fortaleza del régimen. Fueron apareciendo progresivamente, a medida que se ponía en evidencia las intenciones de Gómez de quedarse en el poder. Quizás los más conocidos fueron Román Delgado Chalbaud, quien intentó una conspiración y estuvo preso durante catorce años en la famosa cárcel de La Rotunda en Caracas.

También en la Universidad Central, los estudiantes encabezados por Jóvito Villalba y Rómulo Betancourt en febrero de 1928 sostuvieron discursos, huelgas y disturbios. Esto es lo que se ha conocido como la generación del 28.

Gómez gobernó a Venezuela de la misma forma como un hacendado manejaría su hacienda. Seleccionaba los jefes civiles, gobernadores y ministros, como quien escoge a su personal. Eso sí, ni hablar de libertades civiles y políticas.

5. RECAPITULACIÓN: LOS REYES DE LA BARAJA

Los nombres fundamentales desde 1830 a 1930 fueron tres: José Antonio Páez, Antonio Guzmán Blanco y Juan Vicente Gómez. Entre los tres gobernaron, en presencia o mediante interregnos y personajes interpuestos, casi cien años de historia venezolana.

Así, se nos hace imperioso llamar la atención sobre la tesis del brillante médico, historiador y novelista venezolano Francisco Herrera Luque, hoy fallecido, quien decía que estos tres, junto con Rómulo Betancourt posteriormente, eran los cuatro reyes de la baraja, es decir, los cuatro personajes que habían gobernado a Venezuela desde 1830 hasta, por lo menos, final del siglo XX.

La tesis de Herrera Luque, es que estos personajes habían dejado, cada uno en su época, una tendencia tan marcada que, quienes gobernaron en sus interregnos, o posteriormente, nunca pudieron sacudirse su estampa y presión memorial e histórica.

Para muestra, Herrera Luque afirmaba que Joaquín Crespo, o el mismo Rojas Paul nunca pudieron dejar de ser una mala copia de Guzmán Blanco. O que cualquiera de los que gobernó mientras Gómez vivía en verdad nunca ejercieron como presidentes, y que los Monagas vivieron siempre bajo la sombra de Páez.

En fin, no carece de significación esta tesis, y si la amarramos con la idea del caudillismo, podemos concluir que la figura de una persona, por lo menos en Venezuela, siempre ha sido un tema de relevancia absoluta, toda vez que si en cien años solo tres personas mandaron, quiere decir que los gobiernos no fueron compuestos por instituciones, sino por personas. No por ideas sino por caras.

III. EL CAUDILLISMO Y EL PRESIDENCIALISMO

¿En que derivó todo esto? Las consecuencias del caudillismo histórico en Venezuela dejaron la noción que una persona dentro de la estructura del Poder Público debía tener mayor empoderamiento de cara a las realidades sociales y sus satisfacciones.

Mucho se ha dicho y escrito sobre la necesidad de una profunda revisión y reforma del Estado venezolano. Desde hace muchos años se oye entre los ciudadanos que Venezuela necesita un cambio, un nuevo modelo de sociedad.

Sin embargo, desde el punto de vista burocrático y organizativo, el Estado venezolano sigue teniendo las mismas estructuras desde los tiempos de Eleazar López Contreras. Por supuesto, hay que tener en cuenta profundos cambios que se han generado en ciertas áreas, como es el caso de la descentralización federal. Pero más allá de eso, la estructura viene siendo prácticamente la misma .

Esa estructura ha estado basada en un régimen presidencial fuerte, con la existencia de un presidente de la República, con funciones de jefe de Estado y jefe de Gobierno a la vez.

Haciendo un breve paseo por las últimas constituciones que se han promulgado en Venezuela, se tiene que la Constitución aprobada el 5 de julio de 1947 por la Asamblea Nacional Constituyente, convocada por la Junta Revolucionaria de Gobierno presidida por Rómulo Betancourt, contuvo un marcado acento presidencialista.

En particular, el artículo 190 de esa Constitución, consagraba que el presidente de la República era el representante de la Nación, y el jefe del Poder Ejecutivo Nacional. Es decir, jefe de Estado y jefe de Gobierno en un mismo órgano.

De igual manera, la derogada Constitución de 1961 establecía en su artículo 181 que “El Presidente de la República es el jefe del Estado y del Ejecutivo Nacional”.

La actual Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, señala en su artículo 226 que “El Presidente o Presidenta de la República es el Jefe o Jefa del Estado y del Ejecutivo Nacional, en cuya condición dirige la acción de Gobierno”.

Así, Venezuela se rige por un sistema presidencial desde hace mucho tiempo. Nuestro país siempre ha tenido un sistema mediante el cual una persona detenta todo el poder, es el jefe de Estado y jefe de Gobierno, es decir, el que representa al Estado nacional e internacionalmente, quien debe detentar la jefatura de la Administración Pública Nacional, quien debe gestionar los aspectos gubernativos a favor de un grupo, pero al mismo tiempo representa la unidad nacional.

Hoy día, vemos que Venezuela se encuentra sumida en una inocultable crisis de institucionalidad. Eso demuestra que el sistema venezolano dista mucho de ser regular.

Posiblemente, el problema radique justamente en esa forma de gobierno presidencialista. Juan LINZ afirma que el sistema presidencialista está permanentemente en crisis, las cuales suelan ser graves, visibles, y parecen llevar al país que las sufre al borde de la anarquía, lo cual suele suceder cuando hay un alto nivel de inconformidad con el gobernante .

El presidencialismo es aquel sistema de gobierno representativo de separación rígida de poderes, cuyo Poder Ejecutivo está constituido por un presidente de la República, elegido por sufragio universal, quien es jefe de Estado y jefe de Gobierno, siendo los ministros nombrados y revocados por dicho presidente, el cual no es responsable políticamente ante el Parlamento .

Dicho sistema se caracteriza en particular por: (i) un jefe de Estado que es al mismo tiempo jefe de Gobierno, pues promulga las leyes, dirige la política interna y externa de la Nación y nombra a sus asesores prácticamente sin interferencia alguna de otro poder del Estado; (ii) independencia entre los órganos que desempeñan las funciones ejecutivas y legislativos, que proviene inclusive de la propia elección de los mismos por el pueblo, a través del sufragio directo; un órgano legislativo, que aprueba las leyes, pero que no tiene injerencia directo en los asuntos gubernativos, donde la cooperación con el Ejecutivo es muy puntual y sin implicar dependencia alguna.

Al presidente se le considera responsable de la administración pública, del orden público, de la orientación económica y de las relaciones exteriores. Propiamente, el presidente concentra en sí al gobierno y delega lo que juzgue conveniente, preside el Consejo de Ministros y coordina tanto al Gabinete como las relaciones con el Poder Legislativo.

El sistema presidencialista adoptado por los países latinoamericanos, fue influenciado por las tradiciones autoritarias de la monarquía absoluta de España en América, y como ejemplo de ello, el régimen de administración de las colonias de la América española, fue estructurado bajo esquemas monárquicos personalistas .

Tal situación histórica devino en la formación de una cultura política autoritaria que generó una inestabilidad en las instituciones republicanas, consistente en un reforzamiento del Poder Ejecutivo, y en específico, de la figura del presidente, con la contrapartida del debilitamiento del Poder Legislativo.

En efecto, a pesar de que las Constituciones de este continente consagraron desde hace mucho tiempo la igualdad y la separación de los poderes, la realidad histórica de América Latina muestra que el equilibrio y armonía entre los distintos órganos del Poder Público no se ha logrado; por el contrario, el Poder Ejecutivo en la mayoría de los casos ha ejercido un claro dominio sobre los otros dos órganos del Poder Público clásico .

Luego, la situación de desequilibrio a favor del Poder Ejecutivo, y en especial del presidente, es lo que ha generado el fenómeno de la preponderancia presidencial en la práctica constitucional latinoamericana.

La figura del presidente de la República en los países de América Latina se ha convertido en el centro del poder político, de la integración nacional, de la orientación del Estado y de las relaciones internacionales. Al mismo tiempo ha encarnado la tradición cultural, los valores y los consensos sociales.

No existe prácticamente ninguna figura de sanción política contra el presidente, por lo que, el poder de éste sobre aquellos se acentúa sobremanera.

Otra característica, o más que ello, degeneración del sistema presidencialista, es que existe una representación únicamente de intereses y regiones en el Poder Legislativo, con la consecuente imposibilidad de formar bancadas decisorias e indisciplina partidista. Los partidos políticos no se hacen realmente fuertes, sino que se fragmentan, o son dependientes del ejecutivo, sin jerarquización ni estructura interna.

También se crea una dependencia exagerada del estado hacia el presidente, lo que aunado al clientelismo político produce gobiernos y burocracias ineficientes, corrupción y desajuste fiscal.

Desde siempre, nuestro sistema de organización del Estado ha sido de un marcado presidencialismo. El presidente de la República siempre ha tenido entre nosotros una pronunciada importancia, por encima de los otros Poderes del Poder Público. Ya la Constitución de 1961 daba cuenta de esa tendencia a otorgar al presidente de la República la toma de las decisiones más importantes para la Nación.

Ahora, la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela acentuó aún más el ya abultado presidencialismo. La actual Carta Magna otorga nuevas facultades al presidente de la República, que no tenía en la Constitución anterior.

Por señalar dos, podemos citar la facultad de legislar en cualquier área jurídica mediante ley habilitante, a diferencia de la Constitución anterior que solo le permitía dictar decretos leyes en materia económica y financiera , y por la otra, la posibilidad de decidir por si mismo el ascenso en la Fuerza Armada Nacional, cuando en la derogada Constitución era el Poder Legislativo quien tenia esa atribución.

Nuestra actual Constitución establece un marcado acento hacia la preeminencia del órgano Presidencia de la República sobre los otros que conforman el Poder Público Nacional.

Puede verse que el presidente de la República tiene, según el artículo 236 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, entre otras, potestades suficientes para dirigir la acción de gobierno, nombrar al vicepresidente ejecutivo y a los ministros, dirigir las relaciones exteriores de la República, celebrar tratados y acuerdos internacionales, dirigir la Fuerza Armada Nacional ejerciendo su suprema autoridad y promoviendo a sus oficiales a partir del grado de coronel, declarar los estados de excepción y decretar la restricción de garantías, dictar decretos con fuerza de ley en cualquier área jurídica, administrar la Hacienda Pública Nacional, negociar empréstitos nacionales, decretar créditos adicionales al presupuesto, formular el plan nacional de desarrollo, conceder indultos, disolver la Asamblea Nacional si ésta en tres oportunidades en un mismo período destituya al vicepresidente ejecutivo.

Como puede verse, son demasiadas atribuciones de importancia, no delegables y que generan una especie, si se quiere, de hiperpresidencialismo. Sin duda alguna, y sin que se permita lo contrario, nuestro sistema gira alrededor de la figura del presidente de la República.

En Venezuela no existe otra cosa que no sea un sistema presidencial, con ciertas particularidades propias de nuestro marco constitucional. Pero, se mantienen los rasgos característicos de la personalización del poder en esa institución que indica una clara concentración de poderes, lo cual trae resultados catastróficos como los que denuncian en Colombia sobre la figura del presidente de ese país, “…encrucijada de influencias, punto focal del Sistema Político, es además Jefe de la Fuerza Pública, Jefe de Partido (…) de lo que se deriva su influjo sobre la bancada que domina el Congreso” .

A pesar de ciertos asomos de rasgos parlamentarios que se han ido incorporando al sistema constitucional, ellos son incapaces de producir de manera cierta y real un viraje que permita flexibilizar el presidencialismo.

Por el contrario, con la entrada en vigencia de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, el sistema presidencialista de agrandó, se hiperinfló, hasta convertirse en casi el único órgano de verdadero peso en el sistema constitucional.

En definitiva, en Venezuela tenemos un presidencialismo exagerado , que deriva de elementos como la extensión del periodo presidencial de cinco a seis años, la delegación legislativa en cualquier materia, lo cual no tiene precedentes en el constitucionalismo contemporáneo.

Es el presidencialismo, ya lo decíamos, la fórmula que más se asemeja al caudillismo, que es indudablemente, la vía más cercana a la arbitrariedad y la más alejada a la democracia. No en vano, el maestro don Eduardo GARCÍA DE ENTERRÍA dice que lo propio de los caudillos, y de allí derivan en la tiranía, es que no tienen se creen responsables frente a la Ley, sino, solamente, ante Dios y ante la historia .

Así, un presidencialismo exagerado es posiblemente la forma más sencilla de lograr la muerte de la democracia.

El sistema presidencialista fomenta el caudillismo y el culto al personalismo. En dicho sistema, el futuro político de un líder se labra generalmente a través de acciones y de reconocimientos meramente personales. Paga más ser una figura distinguida en los medios que ser un juicioso y disciplinado miembro de un partido político. Es mejor ser alcalde de una gran ciudad que ser un destacado parlamentario, dice Linz .

Ya lo hemos vivido en América. Pérez Jiménez, Trujillo, Pinochet, Stroessner, Fujimori, Castro, Aristide, Perón, los Somoza, Videla, Noriega, Velasco, López Arellano. Demasiados dictadores para tan poco tiempo de historia. Sin contar con los presidentes que, amparándose en un manto de legitimidad democrática de origen, realizan gobiernos autoritarios, muy cercanos a verdaderas dictaduras.

Ese caudillismo perverso debe terminar. Y el presidencialismo es el manto en la cual se esconde el caudillismo. La razón para mantener un sistema presidencial en nuestros países latinoamericanos, no es otra cosa que este sistema sea el celestino del caudillismo.

IV. VENEZUELA ACTUAL Y CAUDILLISMO: ¿UN NUEVO CESARISMO DEMOCRÁTICO?

Venezuela ha sido fértil en autócratas de gran popularidad que, han ido expandiendo y afianzando su poder mediante el control de la corrupción, de la policía y de la facultad para repartir los recursos del Estado como les conviene.

No hay mayor símbolo de cesarismo democrático que el régimen del Juan Vicente Gómez, uno de cuyos ministros, Laureano Vallenilla Lanz, estableció la validez del término en un libro de 1919. Vallenilla Lanz, un sociólogo positivista, e ideólogo de Gómez intentó argumentar que pueblos como el venezolano no estaban capacitados para respirar una atmósfera republicana; sólo “el gendarme necesario” –como definió a su modelo de César- podía sacarlos de la miseria y de la anomia, por ello, para esta tesis, es evidente que en casi todas estas naciones de América, el caudillo ha constituido la única fuerza de conservación social, realizándose aún el fenómeno que los hombres de ciencia señalan en las primeras etapas de integración de las sociedades: los jefes no se eligen sino se imponen.

Dictaminó que “el caudillo constituye la única fuerza de conservación social” y que “el gendarme electivo o hereditario de ojo avizor” es una necesidad fatal “en casi todas estas naciones de Hispanoamérica, condenadas por causas complejas a una vida turbulenta”.

Vallenilla Lanz no se refiere a Gómez en su ensayo de manera directa. Se ampara en cambio en la figura tutelar de Simón Bolívar, quien propuso la presidencia vitalicia. Escribe que Bolívar “nunca abrigó la más ligera esperanza” de que “aquellas constituciones de papel” pudieran establecer el orden.

Rómulo Betancourt lo llamó “el Maquiavelo tropical empastado en papel higiénico”. Lejos de ofenderse, Vallenilla Lanz agradeció la comparación con el autor de El Príncipe.

La idea del cesariasmo democrático radica en la consecución de una misma persona en el poder mediante su legitimación en elecciones. Pero siempre bajo la necesidad que esa misma persona sea la única electa.

Venezuela, con la actual enmienda a su Constitución, ha consagrado un sistema de reelección indefinida, dirigida fundamentalmente a mantener en el poder al actual presidente de la República. Más cercano a la idea del cesarismo democrático en verdad no se puede estar.

El caso venezolano se asimila al de Luis Bonaparte, quien luego de las revoluciones de 1848, fue elegido mediante el primer voto universal en Europa como presidente de la segunda República francesa. Pero, sus constantes convocatorias a referendos desnaturalizaron la representatividad republicana y cimentaron su popularidad.

El 2 de diciembre de 1851 aplastó a la creciente oposición monárquica al llamar a un plebiscito con la pregunta “¿Queréis ser gobernados por Bonaparte? ¿Sí o No?” Un año más tarde, previa reforma constitucional, se convirtió en emperador autoritario.

La oscilación entre un proyecto autoritario de toma de control absoluto del Estado y una obsesión por conservar un barniz legalista a su acción política constituye sin duda alguna la insoluble ecuación y el laberinto propio del momento venezolano actual .

Mirar la realidad venezolana a través del prisma de la figura del César Democrático tendría como primera consecuencia quitarle el velo retórico con que se arropa su gobierno: la retórica revolucionaria.

Se trata en verdad de una toma progresiva de control del conjunto del aparato estatal venezolano, incluyendo, recientemente, la justicia.

El proyecto chavista -y eso lo reconocen, lejos de los mítines de movilización popular, los más esclarecidos entre los chavistas- no es revolucionario: es un proyecto monolítico, hipercentralista, jacobino.

El chavismo como proyecto de Estado autoritario es una realidad indiscutible; ver en él una revolución es mucho, muchísimo más discutible. A no ser que se esté hablando de una revolución de la misma índole que la que abrió el paso a los 27 años de dictadura de Juan Vicente Gómez: la Revolución Restauradora de Cipriano Castro.

No pretendemos en este trabajo de corte académico hacer énfasis en el asunto político venezolano. Pero, el estudioso de las ciencias sociales debe siempre tener presente las coyunturas históricas en las cuales se desenvuelve, para así poder determinar la realidad de sus conclusiones científicas.

V. CONCLUSIONES

Una República tiene como premisa que todos los ciudadanos son libres e iguales, por lo que en vez de líderes, hay instituciones. Cuando una Nación depende de un líder y no de las instituciones, es la voluntad y los mandatos de aquél los que guían su devenir.

Venezuela, gracias a la tendencia maligna que es el caudillismo, derivado en tiempos modernos en presidencialismo, ha tenido innumerables gobiernos autoritarios, pasando por verdaderos déspotas, los que no fueron tanto, y los que siéndolo, se hicieron pasar por demócratas. En el régimen presidencialista, la tendencia al autoritarismo se refuerza, se hace palpable.

Esta tendencia de otorgar el poder prácticamente a una sola persona, deviene del caudillismo histórico, que como tal, se hace un problema.

Un problema porque se convierte en un modelo que va en contra de las instituciones democráticas, que son, como decía Duverger, las llamadas a controlar el aparato estatal para limitar el afán arbitrario del hombre.

En definitiva, llamamos por buscar nuevas formas de gobierno para detener el caudillismo. Llamese limitación al presidencialismo, semi presidencialismo, parlamentarismo, semi parlamentarismo, es tarea necesaria el limitar la concepción unitaria del poder, para cambiarla por una concepción de ideas y concertaciones.

O utilizando una cita de Moisés Moleiro, quien se refería a un cambio de concepción de pensamiento político: “Es hora, por supuesto, de abandonar las posturas simplistas y utópicas, como recurso al juicio de la historia que escribirán nuestros nietos. Es necesario sumergirse en los procesos reales y crear en ellos –y a través de ellos- la fuerza alterna que, sembrada en las masas pueda originar un orden político, económico y social diferente ”.